11 de octubre de 2017
«Trampas entre tramposos»

Carles Puigdemont demostró ayer su categoría de gran tramposo: dio por válido el referéndum ilegal del 1 de octubre. Amparado en los palos de la policía, el equivocado despliegue de unas fuerzas nacionales aisladas y engañada por los Mossos d’Esquadra, según hemos sabido recientemente, Puigdemont se alió al peor de los victimismos para justificar sus numerosas trampas.

Llama la atención cómo una persona que habló en su discurso permanentemente de paz, concordia y democracia, represente a un grupo de partidos que han fragmentado la sociedad catalana a límites insoportables, cuya concordia estiba en confrontar a unos contra otros en un relato xenofóbico que lleva durando treinta años, y cuyo sentido de la democracia acoge cómo válida una ley del referéndum sin contar con el apoyo de las dos terceras partes de la Cámara, tal como establece la propia ley aprobada en el Parlamento catalán para una circunstancia de estas características… Y que para mayor inri basa su declaración unilateral independentista en una votación sin censo, donde distintas personas votaron las veces que les dio la gana, donde fueron invitadas a votar personas que no vivían siquiera en Cataluña, en un disparate democrático de tal calibre que no puede ser salvado ni por el exceso de porras de la policía ni por los numerosos errores cometidos durante este proceso por la Administración que preside el señor Rajoy.

No hay nada de carácter legal, lógico, democrático, que pueda sustentar la independencia de un pueblo que se marcha de España porque así lo dicen sus líderes sin saberse si tienen la mayoría suficiente para hacerlo. El señor Puigdemont aludió ayer a Escocia y a la democracia británica. Pero lo hizo con trampas también. Si él quiere un referéndum a la escocesa lo que debe hacer es pedírselo al Gobierno de España, poner a Rajoy en la encrucijada, y a la Unión Europea, a la vista de lo sucedido el 1 de octubre. Seguro, que tal como están las cosas, algo así puede negociarse para dentro de un par de años. No es algo imposible. Pero Puigdemont no lo pide, no pide democracia, lo que pide es que se den por buenos unos resultados manipulados, que no cuentan con seguridad jurídica alguna.

El tramposo llegó al cénit cuando en su discurso proclamó la independencia, según su referéndum delictivo, para pedir a continuación al Parlamento que la suspendiera para entrar en unas semanas de negociación en vista de que mucha gente importante de Cataluña, España, y Europa, se lo habían pedido. Fueron sus propias palabras. Y añadió: esto lo hacemos por generosidad y por responsabilidad… Impresionante documento. Proclamó la independencia y, al minuto siguiente, la suspendió. Cuánta efímera alegría. Eso sí, no nos equivoquemos: toda negociación tendrá lugar sobre su referéndum fraude. Y es que los palos de la policía son la coartada perfecta para quienes en realidad no quieren enfrentarse a elecciones verdaderamente legales.

De repente, algo parecido a la conciencia se abrió ayer sobre las siete de la tarde. Es, sin duda, la gran noticia de muchos días. Una noticia feliz o casi lo aparenta. Felicidad para Rajoy, melancolía infinita para los separatistas. Fue decir Puigdemont que se retrasaba la declaración de independencia y marcharse gran parte de la turbamulta que esperaba fuera deseando poder emborracharse de patria y de victoria. La Cup, dueña de la calle, luz de los antisistemas, no aplaudió. El Gobierno de España tampoco se anduvo con chiquitas: para ellos Puigdemont declaró de forma soterrada y, por supuesto, tramposa, la declaración institucional de independencia, la activó a sabiendas de que cualquier negociación con estos mimbres es imposible. Pero en ese minuto tanto el Gobierno de España, como la señora Inés Arrimadas, excelente líder de Ciudadanos en Cataluña, no habían entendido nada del discurso de Puigdemont, Esperaban una declaración de independencia, no una suspensión de la declaración de la independencia. El tramposo Puigdemont había engañado a todos, incluso a los suyos.

La portavoz de la Cup en el Parlamento catalán, Anna Gabriel, reconoció su decepción: tal vez hayamos perdido una oportunidad histórica, dijo; hoy era el día de proclamar la independencia solemne de la República de Cataluña…Por la noche otro portavoz de la Cup, Quim Arrufat, anunció que se marchaban del Parlamento, que ya no tendrían actividad parlamentaria alguna, no se sabe si esto significa que se alejan del Gobierno catalán y que van a exigir desde la calle que la independencia se produzca.

Jarro de agua fría entre los antisistemas. Una grata noticia en medio de este desierto de inteligencia. Estaba triste Gabriel, dolida y confusa. Engañada. Al fin y al cabo sea lo que sea lo que digamos sobre la Cup han sido los únicos que han estado en el mismo sitio desde que empezó el conflicto.

Pienso en Rajoy. En ese hombre gélido, inamovible, cobarde, tardío, que permite que la angustia sancoche a la nación, y que se aprovecha como nadie de los errores ajenos y de una masa social que baila el himno del Viva España cuando el PP agita las banderas.

¿Qué fue lo que realmente sucedió? El tramposo Puigdemont, superado por todo un cúmulo de noticias negativas, rodeado de presiones de todo tipo que le exigían templanza en esta hora, con empresas determinantes en el PIB catalán marchándose, con amenazas muy potentes de cárcel para él y cómplices, con la UE exigiéndole un acercamiento con España, dio la impresión de que se cayó del caballo camino a la independencia y, de pronto, devino en el ser prudente, atemorizado y calculador que habíamos perdido.


 

En realidad, el tramposo Puigdemont tramó dos discursos. Uno para España y la UE, que fue mal recibido por los independentistas más radicales, uno que hablaba de diálogo, generosidad, y de tiempo para el acuerdo… Y otro discurso distinto que finalizó con la firma de un documento por parte de todas las fuerzas separatistas en la que se proclama la independencia y se exige a España negociar de igual a igual, dando por válidos los resultados del referéndum ilegal. Esta es la verdad y ante esta verdad, ¿qué opciones reales hay para que este asunto termine de buenas maneras, salvando los muebles, no haciéndonos daño unos a otros?

La declaración de independencia está ahí, suspendida como una espada de Damocles contra el gobierno de Madrid que no ha dialogado cuando debía de hacerlo, y del que sería extraño que negociase ahora cuando ve la sangre de su enemigo en Cataluña. Me cuesta no pensar que Rajoy elegirá esta mañana la vía dura alimentado por un nuevo españolismo de derechas vinculado directamente con la dictadura de la que salimos huyendo.

Algo anticipó anoche la vicepresidenta Soraya Sáenz de Santamaría cuando no aceptó mediación y antepuso, como siempre, el imperio de la ley existente sobre todo lo demás. Las trampas de Puigdemont no pueden hacer olvidar las trampas de Rajoy y de su partido. Ya lo hemos dicho: es un combate entre instituciones corruptas acorraladas por fiscales anticorrupción y jueces independientes. Ni Pujol ni la burguesía catalana conseguirá ahora que los jueces miren para otro lado ni el PP dejará de aprovechar este españolismo de nuevo cuño que cierra las discotecas con el cara al sol. Esto es un problema.

A las dos partes del conflicto les interesa librar este combate ante el mundo sabiendo que las televisiones de toda Europa retransmiten una disfunción española que procede de antes de la guerra civil. Ambas son las víctimas, ambas son las buenas, ambas son las comprensivas, las demócratas y las piadosas. Siendo tan buenas las dos no se entienden. Se odian, se enfrentan, se necesitan, necesitan su odio mutuo para mantener la bandera soberanista en Cataluña y para mantener al PP en el gobierno de Madrid.

Pobres de aquellos ciudadanos que nos quedemos en medio, en medio de la equidistancia y buscando la razón. Ayer, día de los tramposos, tanto a Cataluña como a España le tomaron el pelo. Puigdemont y Rajoy se rieron ayer del mundo cuando ya todo su arsenal está preparado para ser utilizado.

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