16 de octubre de 2017
«El propósito romántico de la independencia»

Razones para un despropósito: corrupción e ‘indignados’

La revolución burguesa que irradia Cataluña, que contamina a otras autonomías con ganas de separarse de España, que ha puesto el pacto de la Transición a los pies de los caballos, y que inaugura un tiempo político distinto, probablemente con un retraso de una década, emerge como un tsunami por dos razones esenciales: la corrupción y los movimientos de los indignados de 2011.

La corrupción obliga a callar a las dos partes en conflicto, PP y Convergencia, representante genuina de la aristocracia catalana. La puesta en marcha de las Fiscalías Anticorrupción por parte del ministro canario Juan Fernando López Aguilar despertó en su momento una suerte de fe divina en determinados juzgados de instrucción de todo el país que, por vez primera, desde que la democracia es democracia, tuvo el amparo de la Fiscalía General del Estado en la inmensa mayoría de los casos. El famoso contrato que existía para sostener a Jordi Pujol y familia, se quebró ahí. En el instante en que las aguas de la corrupción alcanzaron el cuello del PP, con sus numerosas financiaciones irregulares, sus altos cargos en la cárcel, los sobresueldos que incluían al presidente del Ejecutivo, Mariano Rajoy, era evidente que el Gobierno de Madrid había dejado de ser la mano salvadora de la corrupción catalana. En ese instante, ¿quién liberaba del yugo de los jueces a Pujol y los suyos, como antes habían hecho Felipe González y Aznar? ¿Quién tenía capacidad real de presionar a las cúpulas judiciales si hasta el presidente del Gobierno era investigado por el caso Gürtel y una parte de la Monarquía sufría la adversidad de haber perdido cualquier impunidad?

Es sencillo suponer lo que pasó. Pujol y los pujolistas pasaron a la acción. Si Madrid iba a meterlos en la cárcel todos los puentes se romperían, como así sucedió. Primero amagó y después fue a por el Estado directamente cuando se percató de que la inacción de Rajoy estaba vinculada a una clase de terror que no controlaba. Cualquier cosa que hubiera pactado el presidente español seguramente se habría sabido, alguien la habría grabado y la grabación sería conocida en todo el planeta. Mejor no moverse entonces. La corrupción explica los temores y la mirada hacia otro sitio del gobierno central, sitiado por los jueces y por la enorme desconfianza de los ciudadanos. Es lógico pensar que Pujol financió las primeras protestas, los primeros desenganches, incluso volar CiU cuando se percató de que la independencia era una entelequia si seguía en manos corruptas, careciendo por lo tanto de credibilidad para un público torturado en medio de los duros efectos de la crisis económica.

Las encuestas lo avisaban en 2013. El público estaba ahí, joven, resuelto, frustrado, desesperanzado, muy necesitado de utopías y de metas imposibles… Pongámoslas, hagamos la prueba, conozcamos sus límites, se dijeron. Madrid lo sabía pero estaba atada de pies y manos porque los “sobresueldos” de Rajoy la encadenaban justamente al inmovilismo. Pujol pasó el testigo a ERC, la marca fetén del nacionalismo catalán. Y estos pactaron con Omnium Cultural y con la ANC (Asamblea Nacional de Cataluña) el control de la calle… La ANC no es cualquier cosa. Antes de que Carmen Forcadell fuese la prevaricadora presidenta del Parlamento catalán encabezaba la ANC, 80.000 socios nada más y nada menos, fundada el 30 de abril de 2011, quince días antes del 15-M no por casualidad, formando parte del mismo mar, del mismo espíritu, de la misma mística revolucionaria.

La burguesía catalana en pos de lograr su objetivo de arrodillar a Madrid, como tantas otras veces lograron los Pujol, trasladaron el control del Procés a los únicos que podían darle consistencia de revuelta. A Esquerra le dieron la parte intelectual, y a Omnium y la ANC la calle. Cuando, tras las últimas elecciones, se les unió la CUP, el círculo quedó completamente cerrado. También los antisistemas entraban en la operación. Toda la izquierda a una con el independentismo “cariñosamente” financiados por la rabia y a la frustración de la derecha catalana. La Cup, no se olvide, entró en el Parlamento catalán por vez primera en las elecciones de 2012… Todo forma parte de un tiempo coincidente, de una realidad de mármol que termina fraguándose con el movimiento de los indignados y sus reivindicaciones.

El 15-M es manipulado en Madrid para crear Podemos. Miembros del Partido Comunista se introducen en el corazón de la protesta, la envenenan, y la hacen suya. La transforman en un partido político de éxito. En Cataluña la realidad es más compleja. Allí, Podemos ha sufrido distintas divisiones, fagocitaciones y sucesivos debilitamientos. Esa es la razón por lo que Ada Colau y su partido, Barcelona en Comú, tienen tanta importancia para Pablo Iglesias. Es el único interlocutor válido para su posición política. Colau procede de la PAH (Plataforma de Afectados por las Hipotecas), un movimiento social enraizado en el 15-M, con un componente antisistema que continuamente les expone a contradicciones. Tanto Colau como Iglesias defienden teóricamente el Estado pero no dejan de hacerse fotos y de ser altamente comprensivos con todos los movimientos secesionistas de España. La alcaldesa de Barcelona tuvo que rendirse ante la presión de los independentistas, y colaborar en el referéndum ilegal, por temor a perder parte de su electorado.

La utopía como nueva religión

Otra palanca no menor: el error de Zapatero prometiendo un estatuto catalán de máximos, la promesa que cumple Maragall llevando al estatuto a los límites del soberanismo, el que el PP impulsara desde el Constitucional la prostitución del texto original, finalmente torcido del todo en el Congreso de los Diputados, desata una batalla sin cuartel entre Barcelona y Madrid, la excusa que estaba aguardando una burguesía catalana atemorizada por las amenazas de jueces insobornables cuyo fin último era llevarlos a la cárcel.

La independencia sí que funcionó como una idea ilusionante. Para un montón de jóvenes sin oportunidades, con un futuro en discusión, con un mercado empobrecido en la autonomía con la mayor deuda del país, incluso para una población con segmentos significativos arrojados a la cuneta, con su calidad de vida depreciándose de manera preocupante, con las pensiones en un túnel oscuro y, en general, con una demolición económica que jamás se había visto antes, la independencia era una magnífica solución. Era la medicina que iba a aliviar tanto sufrimiento, la espoleta que necesitaba una región rica para seguir siendo la más rica del entorno, en palabras de los profetas del soberanismo.

La gente le compró los argumentos a la burguesía. Estamos así no porque lo hayamos hecho mal nosotros sino porque el PP, robando hasta el infinito, ha depauperado a España, y nosotros, los catalanes, que somos los más solidarios con la nación, los que más dinero aportamos al PIB, los que más impuestos recaudamos, parecemos los tontos del pueblo. Madrid se ríe de nosotros. Si usted lo pasa mal, si le cortan la luz, si es okupa, si es joven pero sin trabajo, si no es feliz y no sabe si algún día lo será, la culpa de todo la tiene España…. Eso fue lo que dijo a la legión de indignados Convergencia, y después lo repitió Esquerra, y después insistieron hasta el lavado de cerebro los principales periódicos de Cataluña, y los dueños de la calle y de la indignación: Omnium Cultural, ANC y la Cup.

Todos los nacionalistas, sin excepción alguna, los oportunistas, los de verdad, y los antisistema, han estado durante seis años repitiendo esto mismo como un mantra sin que nadie se les opusiera, sin que al margen de Ciudadanos y algunas honrosas individualidades, hubiese alguien que representase al Estado que les explicase a una opinión pública manipulada que la corrupción catalana es catalana, que poseen el récord de imputados del país, que la pésima gestión de los recursos públicos catalanes tiene su responsabilidad en políticos catalanes, que Cataluña tenía y tiene un anclaje en la Constitución y que España quiere buscar una solución, y que Cataluña no puede estar en manos de locos, majaras, radicales e insensatos como sucede ahora mismo cuando encomiendan su salud a la huida.

Desde 2011 los independentistas catalanes no dejaron de subir. De un 17% que existía hasta el 48% actual. Eso, bajo mi punto de vista, sólo puede explicarse por el temor de Madrid a implicarse en una solución ilegal con políticos hasta arriba de corrupción, sabiendo que sus propios pasos eran seguidos de una forma muy estricta por la Justicia, los cuales no hacían distinción entre independentistas y patriotas españoles: para esos jueces todos eran igual de sinvergüenzas y de golfos.

Y por la utilización del fenómeno de los indignados por parte de quienes han manejado durante varios siglos a la sociedad catalana. Para un paria indignado combatir en la calle por fundar una patria propia significa tocar algo mágico, un elixir que te libera de todos tus pecados, incluso de tu condición humana elevándote hasta la heroicidad; es una propuesta apetecible, irrechazable. Una vida condenada al fracaso y a la nada, de repente conmutada y salvada por un propósito romántico e histórico. Surge la Utopía como una nueva religión. Luchar contra un sueño generacional puede ser la peor de las pesadillas. En ella estamos.

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